muñequito de Marte (por eso es verde)      Siempre que cruzo un paso de peatones con el mp3 sonando me siento como si estuviera en mi pasarela particular.

            Ayer salí del polideportivo con mis pantalones que me compré en el H&M de hombres (gracias a los cuales he descubierto que en el mundo de los chicos tengo la talla de una anoréxica, la 32) y mi camiseta de algodón color celeste, una que siempre que me la pongo me siento más resultona de lo normal. Pues bien, como iba diciendo, salí del polideportivo, esperé a que el muñequito se pusiera en verde y me dispuse a cruzar por el paso de peatones. Sin ningún tipo de desparpajo Lichis me susurraba al oído: “ -Tú que eres tan guapa y tan lista, tú que te mereces un príncipe y un dentista (… )” ¿Hay persona en el mundo que pueda resistirse a sonreír ante tales palabras? Instintivamente mi sonrisa hizo de su mejor gala, empecé a cantar y a mover los hombros al compás de la música. El muñequito verde que antes me daba prioridad frente a las/os conductoras/es (mi público con o sin quererlo) ahora empieza a parpadear nervioso anunciándome el final de mi actuación. Me río hacia mis adentros sabiendo que con lo chico que es Cádiz si alguna/o de esas/os conductoras/os vuelve a toparse conmigo (y me reconoce) igual se eche hacia un lado de la acera pensando que me falta algún que otro tornillo. Para mi asombro, esta vez las/os conductoras/es no han sido las/os únicas/os sorprendidas/os, sino una abuelilla que ha observado toda mi maniobra sentada en una silla de playa y que no me quita ojo por encima de sus gafas.

Ahora sí que no sé si reírme o sentir vergüenza.

 

Momento nchi del día: mi primera conversación telefónica con una impresión muy positiva (¡qué voz tan grave que tienes!) ¿Y el tuyo?

Bechitos mil.