Los estudios sociológicos que solucionana problemas topan con prejuicios e intereses creados.

SALVADOR, Giner es catedrático de Sociología de la Universitat de Barcelona y presidente del Institut de Estudis Catalans.

“A la hora de la verdad, no sirve de mucho la sociología”, sentenciaba Eduardo Mendoza el otro día en lacónico colofón a una columna periodística. En ella constataba el excelente escritor las nefastas consecuencias de una reyerta durante la celebración de una fiesta popular en un pueblo de Catalunya. Berga, presumo. Aludía también a otras situaciones de violencia juvenil en las que salen a relucir navajas.

Evocaba en su escrito unos factores cuyo cúmulo conduce al parecer al desastre: inadaptación social, familias rotas (se suelen llamar, y él también lo hace, desestructuradas; impresiona más), pérdida de valores (no nos dice de cuáles), policía bisoña, y así sucesivamente. Afirmaba que la enumeración de tantos factores esclarece muchas cosas, pero que al final, los navajazos no pueden reducirse a esa coincidencia de factores. Por eso concluía nuestro autor que la sociología de poco sirve para impedir el daño.

Su comentario representa un juicio algo superior al de la visión popular que se tiene de la sociología. Una disciplina a la que acuden los medios de comunicación, los políticos y los poderes públicos y privados para que les indique cuáles son las causas de ciertos comportamientos nocivos y cómo podemos ponerles remedio. Por su parte, la visión popular la equipara casi siempre al sondeo de opinión –sobre todo en intención de voto– a causa de la masiva demanda que hay por el uso de esta técnica, desarrollada y refinada por los sociólogos. Aunque únicamente sea una, y no precisamente la más fascinante de todas las que componen la panoplia de herramientas sociológicas.

La expresión que “de nada sirve” la sociología puede entenderse en el sentido peyorativo de que poco nos dice sobre la realidad que pretende explicar (la más compleja que imaginarse pueda). Por fortuna, tal vez no sea ése el significado de la sintomática frase, sino otro: por mucho que nos revele la sociología cuáles son las causas de un evento, de nada sirve porque se le hace poco o nulo caso. Lo cual es distinto. Este ya es un terreno más firme. La lapidaria frase comienza así a entenderse correctamente. No sirve de mucho porque no se le hace caso. No porque no sepa ni no nos prevenga de lo que se cierne sobre nosotros.

La solución de aquellos problemas que pueden resolverse merced a las recomendaciones que elabora la tarea sociológica topa a veces con las barreras infranqueables del prejuicio, el interés creado, la ignorancia dolosa y el cinismo. O con la relegación de soluciones en aras de otras prioridades. Los hombres resuelven los problemas que quieren resolver y postergan la solución de los que, a corto plazo, no desean resolver. Aunque conozcan las consecuencias.

AMÉN DEL servicio público que pueda prestar si se le hace caso, la sociología no es sólo medicina ni ingeniería social, si bien la versión utilitarista de su tarea es la que para la mayoría justifica su necesidad. En cambio, a los sociólogos les preocupan con frecuencia asuntos que carecen de inmediatez.

Intentan también resolver enigmas inútiles para la gente normal pero fascinantes para los propios sociólogos (como sucede en física nuclear, cosmología, historiografía, filología clásica, filosofía, y tantos otros campos del saber): por qué la civilización japonesa, y no las africanas o las hispanoamericanas, se adaptó a la revolución industrial con tanto éxito; por qué no ha habido jamás socialismo en Estados Unidos, a pesar de ser un país occidental; si hay relación de causa efecto entre el calvinismo y el capitalismo; qué hace inevitable la oligarquía, hasta en el seno de las democracias, los sindicatos y los partidos.


Servir, servir, las hipótesis que se ponen en circulación para responder a estos enigmas sociológicos sólo sirven para hacernos más cultos, para comprender un poco más la condición y la sociedad humana. Las respuestas y conjeturas de los sociólogos –sus explicaciones teóricas– no hacen daño a nadie. Son útiles sólo para aprobar la asignatura. Eso sí, poseen una exigencia intelectual superior a la de informar sobre el porcentaje de votos emitidos en unas elecciones municipales.

LO GRAVE ES que, hasta cuando sabemos cómo ser socialmente útiles, cuando demostramos algo con claridad y eficacia, queda la cosa en el aire. Numerosos estudios sociológicos, por ejemplo, han demostrado ad nauseam que una la única variable, la educación de las mujeres (ni siquiera la superior, la mera educación elemental y secundaria) redunda en la subida del nivel de vida de un país, el desarrollo de la democracia, la igualdad entre los sexos, la longevidad de sus habitantes, y varios bienes colectivos adicionales. ¿Cuántos países pobres, a cuyos gobiernos y responsables se les ha comunicado el contrastado y sólido hallazgo actúan en consecuencia?

Si quieren les proporciono varios ejemplos más: tenemos la receta sociológica para resolver el prejuicio racial o elevar el capital humano en el país. (No se lo cuento para no aburrirles, pero les garantizo que está en los libros. Y, evidentemente, no tenemos recetas para todo: sólo para algunas cosas). Sin embargo, ¿están ustedes dispuestos a sufragar los modestos gastos que pondrían remedio sociológico a algunos problemas acuciantes? ¿O prefieren invertirlos en ferias colosales, operaciones inmobiliarias, armamento y destrucción ambiental?

Lo cierto es que, a la hora de la verdad, la sociología sirve de bastante. Pero también depende de ustedes para que sirva.”

(Noticia publicada en la página 7 de la edición de 6/26/2005 de El Periódico- edición impresa)

 Momento nchi del día: la cara de una nenita cuando la visité por sorpresa jiji ¿Y el tuyo? Happy day! =)

Nchi