Su identidad (la de los jóvenes) se sienta no tanto sobre el trabajo, sino sobre la disponibilidad temprana de dinero respecto a aquellos otros jóvenes de clases más acomodadas que siguen estudiando y no trabajan: frente al “parasitismo” de los que tienen todo hecho, ellos se ganan la vida. Además, este dinero les permite gastar y gozar. Da igual el empleo que se tenga, lo importante es vivir el presente, la idea de ahorro apenas tiene espacio en este discurso y lo que prima es el gasto inmediato: una especie de economía de trueque entre dinero procedente del trabajo y consumo de bienes altamente perecederos.

Estas dinámicas laborales desencadenan un círculo vicioso que se inicia con estos malos empleos ocupados por los jóvenes, prosigue con una espiral de gasto juvenil acelerado y con nuevas necesidades de consumo y concluye con la aceptación y la perpetuación en estos malos empleos que reproducen un modelo de mano de obra barata muy presente en las primeras etapas de la inserción profesional. Las aspiraciones de consumo de los jóvenes contribuyen a impulsar un vivero de mano de obra barata para los empresarios, que se nutre de la progresiva necesidad de prescindir de este status de consumir una vez que se ha alcanzado. Como ellos mismos declaran: “cuando hueles el dinero…”

(Antonio Santos Ortega en su artículo: Jóvenes de larga duración: biografías laborales de los jóvenes españoles en la era de la flexibilidad informacional. Revista Española de Sociología (REIS)).